La conciencia
¿A quién pertenece esa voz íntima?
Javier Garralda
Al socaire de escritos del beato John Henry Newman
Todos tenemos un sentido interior, íntimo, que nos advierte de si algo es bueno o malo. Toda persona que no tenga perturbadas sus facultades morales aplaudirá que se ayude a un niño huérfano y retrocederá espantado ante la posibilidad de dañar a un inocente.
Sin embargo, pueden algunas personas llegar a una ceguera moral, a sofocar la voz de su conciencia, como alguien que a fuerza de mirar desafiantemente al sol se quedara físicamente ciego. Así, ellos se vuelven moral o espiritualmente invidentes, a base de hacer oídos sordos a la voz que en nuestra intimidad nos avisa de que algo está bien o está mal. Luego tratarán de justificar su posición amoral o antimoral con sofisticados argumentos: pero, ¿cuántos raciocinios se precisan para hacer bueno un crimen?. Y esos razonamientos despiadados, del tenor de “el fin justifica los medios”, no son sino la voz del mal, la voz del príncipe de las tinieblas.
Porque la voz de la conciencia no es sino la voz de Dios, de un Dios bueno y justo, tal como nos ilustra el beato Newman: “He aquí, pues, la conciencia; su sola existencia dirige por naturaleza nuestra mente hacia Alguien que es exterior -¿de dónde, si no, procedería?- y a la vez superior a nosotros -¿de dónde, si no, su misteriosa e inquietante autoridad?. Sin entrar en la cuestión de «qué dice» la conciencia, lo que afirmo es que su existencia nos hace salir de nosotros mismos a buscar, en la altura y en la profundidad, a Aquél a quien pertenece esta voz” (Beato John Henry Newman, “Sermons preached in various occasions”, 65).

